Evaluación para aprender – Un nuevo paradigma de la evaluación.

Evaluación para aprender
Un nuevo paradigma de la evaluación
Kevin Machado

Comenzamos por definir: “Evaluación”

"La evaluación es la ciencia que utiliza el método científico para la comprobación de la relación entre las demostraciones de conocimientos, habilidades, destrezas, etc., por parte de los “alumnos” (estudiantes, discentes, etc.) y los objetivos planteados para las experiencias de aprendizaje propuestas por el “profesor” (facilitador, docente, etc.), con el fin de generar retroalimentación para la mejora integral del primero y de la eficiencia de los procesos de enseñanza-aprendizaje."

Como lo induzco en la definición, la evaluación es un proceso complejo y multidimensional. Comprende acciones específicas dentro del espacio de aprendizaje, considerando a los múltiples actores del proceso educativo para la retroalimentación y el crecimiento de sus destrezas cognitivas, sociales, etc., pero también es un proceso cíclico en sí mismo que permite considerar y valorar la eficiencia de las propias experiencias de enseñanza – aprendizaje que se generan bajo el modelo pedagógico que se haya adoptado.

En mi experiencia, siendo facilitador de talleres de formación durante ya un par de años, el proceso de evaluación es, justamente, hacer retroalimentación sobre el desempeño de los participantes en sus experiencias vivenciales siendo facilitadores de grupos simulados.

 El feedback sobre su forma de preguntar, su lenguaje no verbal, sus dinámicas, etc., es lo que hace que mejoren cada vez más y que al finalizar el taller haya una evolución en el participante desde lo que era y lo que es ahora. Aquí se evalúa satisfacción, aprendizajes, extrapolación a la vida y utilidad, haciendo énfasis en los procesos de enseñanza – aprendizaje utilizados.

¿Cuántos de nosotros no hubiéramos querido que, en vez de calificarnos mal un trabajo al que le dedicamos nuestro esfuerzo, nuestro docente se hubiera tomado la molestia de explicarnos que estaba mal y ayudarnos a mejorar?

Son pocas las experiencias que he tenido en ese formato, y la mayoría de ellas, son fuera del contexto de educación formal. Hay que darle un empujón hacia un nuevo entendimiento de la evaluación y generar mecanismos que ayuden a visibilizar los beneficios que se generan en los alumnos al poder concebir su aprendizaje de una forma más provechosa, eliminando el miedo a la pregunta, siendo más abiertos y empáticos con nuestra retroalimentación y celebrando el error como una forma de aprendizaje.

Evaluación del aprendizaje.

Es evidente que, en cuanto a su enfoque, la evaluación tradicional está determinada por un temario, pruebas y exámenes que sólo estimulan el aprendizaje memorístico y, por ende, el aprendizaje superficial, un producto final para «juzgar y calificar». Este modelo de evaluación, que podríamos llamar “Evaluación del aprendizaje”, responde a un Sistema Educativo que busca sistematizar todos los resultados de la práctica en el aula, y poco puede hacer el profesor para cambiar el tipo de evaluación que aplica en ella cuando por detrás lo están presionando para entregar resultados que, de hecho, son parte de la evaluación de su propio rendimiento en el ejercicio pedagógico.

Evaluación para el aprendizaje.

El enfoque actual de la evaluación, que va más hacía una “Evaluación para el aprendizaje”, aunque mantiene su función sumativa donde mide y califica los resultados de los estudiantes, está más dirigido a comprobar que se haya producido un aprendizaje significativo. La evaluación mediante estrategias como proyectos colaborativos entre diversas disciplinas o la resolución de problemas (con mesas de trabajo, estudios de caso, etc.) fomentan en el alumno el ir más allá de la memorización y alcanzar niveles cognitivos más complejos. Por otro lado, se ha dejado de ver a la evaluación sólo como una herramienta para valorar el aprendizaje de los alumno, sino que ahora también se utiliza para hacer una revisión de los propios procesos generales del Sistema Educativo, para que estos puedan hacer un mejor acompañamiento de la práctica docente optimizando las estrategias de enseñanza y aprendizaje para garantizar el éxito de cada estudiante.

Cambiar hacia un modelo más humanizado, dirigido a los aprendizajes individuales y a la evolución de los aprendicespasa por múltiples barreras (personales, institucionales, legislativos) que hay que ir superando. Evaluar solo para cumplir estándares es lo que le ha dado a la evaluación el tono intimidante con el que se refieren a ella los estudiantes y es este precisamente es uno de los principales cambios que se proponen con las nuevas maneras de entender la evaluación como un proceso integrador y transversal de los modelos de enseñanza – aprendizaje. Ahora, según el contexto que nos arropa: ¿Cuáles deberían ser los próximos pasos en los que los diseñadores curriculares y evaluadores se deben enfocar?

La forma para transitar de una evaluación del aprendizaje a una evaluación para el aprendizaje es principalmente tomando conciencia del fin último de la evaluación, que es realmente recoger información sobre el nivel de logro alcanzado por el alumno en su proceso de aprendizaje para tomar decisiones apropiadas en torno a ese proceso. Sin embargo, el alcance de la evaluación del aprendizaje es limitado. Para poder transitar a la evaluación para el aprendizaje es necesario romper con la barrera de que la evaluación es una simple calificación respecto a una etapa del proceso de aprendizaje, y que realmente es un proceso complejo que le permite al estudiante ser el responsable de su proceso, que es quien debe tomar esa calificación o juicio de valor y convertirlo en información útil que le sirva, junto a su facilitador, para tomar decisiones, aprovechar oportunidades de mejora, evaluar métodos de estudio empleados, considerar instrumentos de evaluación empleados, comprender cómo se interrelacionan los contenidos vistos con los de otras asignaturas, entre otros aspectos importantes a tomar en cuenta.

Ahora bien, considerando la complementariedad de ambos procesos es fundamental que consigamos el espacio para engranarlos. En la actualidad podemos observar cómo han fallado los procesos de implementación de la evaluación para el aprendizaje por varias razones: políticas públicas que superan las decisiones de las instituciones, insuficiente formación de los docentes en el área de evaluación, desinterés en cambiar o asumir prácticas nuevas, etc. Hay que comenzar con la motivación para que los docentes, dentro de las aulas, sean más abiertos a tener en cuenta el acompañamiento cualitativo a las calificaciones, que expliquen los errores, que presenten las rúbricas, que diseñen los planes de evaluación con los alumnos, que tomen en consideración sus aportes y generen dentro del salón un ambiente más dinámico en función de todo el proceso complejo de la evaluación.

En conclusión, la evaluación para el aprendizaje, como ya lo tenemos claro, es aplicable durante todo el proceso, conociendo sus beneficios. Sin embargo, el hecho de que la evaluación para el aprendizaje funcione bien y sea beneficiosa, no quiere decir que no podamos implementar evaluación del aprendizaje para cuantificar o cualificar de manera general el logro del objetivo por parte de los estudiantes, cosa que también nos ayuda a evaluar la efectividad de nuestros métodos como profesores. Asimismo, es importantísimo que ocurran cambios drásticos en las estrategias de aprendizaje y evaluación desde el macrocurrículo que promueva la evaluación para el aprendizaje como una forma integradora de valorar los resultados de los alumnos, porque si no ¿Funciona realmente este engranaje sin hacer cambios desde las raíces?

Cuando se habla de evaluación, también aparece un concepto clave en todo el proceso: la objetividad. Resulta complicado lograr generar una evaluación 100% objetiva. Para ser justos, toda evaluación debería ser lo más objetiva posible, pero siempre quedará un sesgo de subjetividad cuando se trabaja con criterios personales. Cuando estamos hablando de una evaluación sumativa las valoraciones personales y las decisiones subjetivas deberían lograr reducirse lo más posible. La intención de la justicia en la evaluación es mitigar esta subjetividad promoviendo la estandarización de los procesos evaluativos usando instrumentos que minimicen la posibilidad de tener preferencias frente a las situaciones evaluativas. Es decir, lo ideal es encontrar maneras de estandarizar procesos e instrumentos de evaluación que permitan propiciar la objetividad, sobre todo al momento de llevar a cabo evaluaciones sumativas.

Es prácticamente imposible sacar la subjetividad de la evaluación en un 100%, puesto que quienes la aplican son seres subjetivos (“sujetos” con sus estilos perceptivos y emocionales, gustos, preferencias, sesgos, valores, etc.). Es decir, somos personas evaluando a personas, y nuestras subjetividades siempre estarán presentes. Es fácil decir que podemos desligarnos de la subjetividad si estamos evaluando tecnicismos (errores matemáticos, ortográficos, etc.); o cuando hablamos de ciencias puras, es casi imposible aplicar la subjetividad a la hora de evaluar, pero resulta más difícil cuando se trata de análisis, reflexiones e interpretaciones personales, donde debemos aplaudir la intención, la motivación y los niveles alcanzados. En ese sentido, las valoraciones personales son más útiles en la evaluación reflexiva-formativa, pues ¿Cómo evaluamos el esfuerzo individual sin ser subjetivos? ¿Cómo ponemos escala a la motivación de cada estudiante cuando detrás de él hay un sinfín de situaciones personales que lo afectan que se vinculan a sus productos y resultados escolares? ¿Una evaluación objetiva supone arrojar resultados más provechosos que una evaluación subjetiva? ¿Será que ambas tienen sus maneras de aportar a una evaluación completa que permita obtener una mayor cantidad y una mejor calidad de datos que describen, califiquen y valoren el proceso de aprendizaje de un individuo?

¿Creen que estemos listos para saltar a una educación que fomente una evaluación para el aprendizaje y no solo de él?

Esto implica, que el proceso de la evaluación no se puede desvincular del proceso de enseñanza/aprendizaje, pero tampoco del contexto del que enseña y del que aprende. La evaluación es un paso más dentro de la acción didáctica del aula, que va a permitir crear, modificar o eliminar algunas prácticas de la puesta en escena de los actores educativos para potenciar cada vez más los procesos. En la evaluación para el aprendizaje se observa claramente esta relación, puesto que la evaluación continua es parte fundamental de la acción didáctica. La evaluación permite valorar cada momento pedagógico individualmente con resultados para el alumno, el docente, la institución, la familia y la sociedad, pero también responde a lo colectivo para darle al Sistema Educativo instrucciones sobre las políticas que se deben asumir para que el proceso de aprendizaje de los alumnos sea cada vez más provechoso para ellos y para la sociedad en la que está inmersos.

Kevin Machado.

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