La transversalidad de las emociones en el Curriculum – Kevin Machado

LA TRANSVERSALIDAD DE LAS EMOCIONES EN EL CURRICULUM
Kevin Machado

Mucho se habla en la actualidad de la incorporación de las TIC’s en el aula, del modelo por competencias y de las estrategias más provechosas para revolver las demandas de los estudiantes en cuanto a su formación integral y de su responsabilidad próxima como ciudadanos del mundo y para él. La individualización y la diversidad del alumno se ven ahora no como una barrera, sino como una oportunidad para los procesos de enseñanza-aprendizaje. 

Estos métodos han comenzado una aproximación a lo que podríamos denominar “Educación Emocional”, al plantear situaciones que parten de los intereses del alumnado, de la necesidad de trabajar en grupo y, por ende, resolver problemas de manera asertiva, mediante el diálogo y la escucha activa, metodologías que corresponden al modelo constructivista que Rousseau, Montessori, Dewey, y otros autores (y actores) se encargaron de pensar -y repensar- para poder llegar a la implementación de las propuestas de la Escuela Nueva o la Pedagogía Activa.

No obstante, esto no significa un enfoque necesariamente explícito sobre las emociones en las aulas de clases. En la etapa infantil, la escuela está centrada en los procesos de lectura y escritura, y en la etapa de primaria y secundaria los profesores están enfocados en tratar de cumplir programaciones y todos los aspectos que el currículo le plantea. Ello conlleva que las emociones, en una gran cantidad de ocasiones, no tengan un espacio propio en las aulas, quedando la educación emocional rezagada a la hora de la guiatura o tutoría, convirtiéndose este en el único espacio destinado para la exploración individual, si es que se logra guiar correctamente.

Tomar conciencia de la importancia de lo que podríamos llamar “alfabetización emocional” para que el alumnado sea emocionalmente competente, implica introducirlo en el currículo, poder valorarlo y evaluarlo, ya que es igual de necesario que los estudiantes aprenden todos los contenidos curriculares, como su “gestión” emocional, para lograr un verdadero desarrollo integral. La toma de conciencia de la necesidad e importancia de su presencia en los aulas y la implementación de la educación emocional de manera que impregne el día a día en las aulas, permitirá, a su vez, una mejora del clima y de la convivencia en los salones de clases, previendo así la aparición de conflictos en el aula y en la propia institución.

Desde la perspectiva del enfoque constructivista, aprender no es copiar o reproducir la realidad sino que el alumno sea capaz de elaborar una representación personal sobre un objeto de esa realidad o contenido que pretende aprender (Coll y Solé, 2010). Esta elaboración implica aproximarse a dicho objeto o contenido con la finalidad de aprehenderlo. No se trata de una aproximación vacía, desde la nada, sino desde las experiencias, intereses y conocimientos previos que presumiblemente pueden dar cuenta del nuevo conocimiento.

Según Florez-Ochoa (1994), las características esenciales de la acción constructivista son básicamente cuatro: (1) Se apoya en la estructura conceptual de cada alumno, en las ideas y preconceptos que el alumno ya trae consigo. (2) Prevé el cambio conceptual que se espera de la construcción activa del nuevo concepto y su repercusión en la estructura mental del estudiante. (3) Confronta las ideas y preconceptos afines al tema de enseñanza, con el nuevo concepto que se enseña. (4) Aplica el nuevo concepto a situaciones concretas y lo relaciona con otros conceptos de la estructura cognitiva con el fin de ampliar su transferencia.

Así pues, si el alumno es capaz de elaborar una representación personal de un objeto de una realidad, también puede hacerlo de sí mismo y de su autoestima en la realidad donde se desarrolla. En principio, el alumno con sus significados o conocimientos previos, se acercará a un nuevo aspecto que a veces sólo parecerá nuevo pero que en realidad puede interpretar perfectamente con los significados que ya posee. Mientras que otras veces el objeto de la realidad (en este caso la autoestima) planteará un desafío en donde el alumno intentará responder modificando los significados de los que ya estaba previsto de forma que pueda dar entender el nuevo contenido, fenómeno o situación. Por lo tanto, en este proceso, no sólo se modifica lo que ya posee el alumno, sino que también interpreta lo nuevo, desde su forma particular, de modo que pueda integrarlo a sus estructuras cognitivas. Asimismo, cuando se da este proceso, Coll (2009) afirma que el alumno está aprendiendo significativamente construyendo de forma propia y personal. Cabe destacar que no es un proceso que conduzca a la acumulación de conocimientos, sino a la integración, modificación, establecimiento de relaciones y coordinación de conocimientos y aptitudes que el alumno ya poseía, con una estructura y organización que varía, en relaciones y dificultades, a cada aprendizaje.

Esta concepción del aprendizaje de la autoestima es esencial tenerla presente, dado que el profesorado necesita recibir formación específica en materia de educación emocional para lograr así conocimientos y recursos con los que poder realizar un correcto abordaje de esta en las aulas de clase. Que los profesores se formen en este aspecto es importante por dos motivos: en primer lugar, la competencia emocional es esencial en los docentes, dada la necesidad de que gestionen adecuadamente el estrés y la ansiedad que en muchas ocasiones genera esta profesión. En segundo lugar, únicamente el alumnado podrá recibir una educación emocional de calidad si sus docentes se han educado en ello previamente.

No obstante, hay que dar un paso más allá, es decir, conseguir que el alumnado sea emocionalmente competente no pasa únicamente por la formación docente y su consiguiente abordaje transversal en el currículo, sino que es igualmente necesario formar a las familias. Ser emocionalmente competente supone hablar de competencias, y la esencia de estas es la «transcontextualización». Es decir, la educación emocional debe estar presente tanto en la familia como en la escuela, de manera que ambas trabajen conjuntamente y en la misma dirección. Esto es esencial para crear espacios en el hogar y en la escuela desde edades tempranas, para entrenar, practicar e ir mejorando y desarrollando las competencias emocionales para llegar a un dominio adecuado de estas a lo largo de la vida personal de cada estudiante. Hacer que este aprendizaje se construya desde el contexto y su relación con él. En lo individual, pero también en lo colectivo.

Estos espacios deben ocurrir bajo enfoques constructivistas que permitan la aceptación significante de estos conceptos en la vida del estudiante, para que no se quede en mera conceptualización del fenómeno o de la emoción, sino que repercuta como un axioma transformador en su vida. Dando cabida a experiencias pedagógicas constructivistas en el aula para la exploración de las emociones, los sentimientos, y sobre todo el autoestima, se da espacio a la pronta autogestión del aprendizaje, a la metacognición temprana y al desarrollo de competencias emocionales que, en un futuro se van a convertir en actitudes y aptitudes que potenciaran el desempeño del estudiante.

kevin Machado

Kevin Machado

Con base en esto, podemos tomar algunas consideraciones a la hora de diseñar algunas experiencias que promuevan la autoestima como elemento transversal del curriculum. Por ejemplo, considerar que todo cambio implica nuevas experiencias, que las experiencias del otro también pueden ayudar al estudiante a entender y a entenderse, que las respuestas a ¿Quién soy?, ¿Quién quiero ser? y ¿Cómo lo lograré?, deben ser ejercicios de auto-escucha y reflexión, y que el trabajo en grupo y lo colaborativo promueven, en gran medida, la auto-confianza y la confianza en el otro (elementos claves para el desarrollo de una buena autoestima).

Hay que romper los paradigmas tradiciones donde se habla de “la autoestima” como algo ajeno al estudiante, que existe aparte de él y que se debe estudiar como un fenómeno que sucede, pero no a él, ni al docente, sino que pasa afuera del aula, etéreo y sin forma definida. En cambio, darle nombre a las emociones, a los momentos, a su multifactoriedad de su aparición y sobre todo, enfocarse en su buen manejo, son algunas de las herramientas que los docentes pueden trabajar en el aula para promover el aprendizaje significativo y autónomo de la misma.

El reto de la escuela consiste en educar a las nuevas generaciones, y la autoestima también se educa y se desarrolla. La idea del cambio en sí mismo es esencial tanto para los propios maestros como para los alumnos. Para querer a los demás es necesario aprender a quererse a sí mismo en tanto que cuando uno se quiere más, el mundo lo quiere más y uno quiere más el mundo. La autoestima constituye un objeto de estudio esencial dentro de la pedagogía social, en tanto que existe e influye significativamente en la actitud y actividad no sólo del alumno sino también de los docentes, los miembros de la familia y de toda la comunidad.

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